09
Sep
10

ver una flor es similar a abrir un libro

VER UNA FLOR ES SIMILAR
A ABRIR UN LIBRO
Los sentidos son la naturaleza del alma

Rael Salvador
raelart@hotmail.com

“Quien arranca una flor apaga una estrella”.
Proverbio Persa.

Abrir un libro nos lleva a sumergirnos en un lago de luz.
Las letras, si te fijas bien, son escaleras de ascenso y descenso.
Emerger significa la corona del rey que se ilumina.
Lo que quiere decir, que estar de espaldas al sol es como quedarse abajo… Observando sólo nuestra propia sombra.
Abrir un libro es similar a abrir una ventana, a franquear una puerta, a iniciar con una simple mirada, hacia cualquier lugar, el camino del universo.
Nadie se libra de andar, nadie escapa de ver la luna (lo que brilla en ella), de avanzar por los mil accesos que tiene la vida hacia otras vidas.
La gramática del tiempo es lo que fue y ya no es, lo que es en este momento y no será después.
La cuestión está, digo, entre permanecer en la (h)orilla del río o sumergirnos en él y, fuera del tiempo psicológico (el de los relojes que fluyen), emerger a la eternidad, donde todas las cosas están presentes.
¿Has visto una flor?
Con esta pregunta inicio mi clase de neuro-Filosofía.
¿Desde cuándo no se han detenido a observar la incandescencia aromática de una flor?
Muchos esperan que, dada mi condición de “existencialista” tardío, hable de los atributos de Jean-Paul Sartre o de la fenomenología de Heidegger.
Pero no, mi intención está en que el mundo vea una flor y regrese al presente.
Una flor abierta ante el alma es la medicina para la fuga al pasado o la huida reiterante al futuro.
Ver una flor es similar a abrir un libro.
Abrir un libro es despertar un sueño; es abrir ojos que ahora te ven y recién tú empiezas a ver.
Abrir un libro es percibir en el ojo de la mente que la llama de la mirada se abre, como una flor, en un arco iris de posibilidades.
Se recrea la vida.
Tomamos parte de ella.
Se escucha la palabra de uno, creyendo que es la de Dios.
Avanzamos a la comprensión, traduciendo la voz de la conciencia a los abecedarios de la realidad.
Los recursos son la pureza de los sentidos y no la intoxicación religiosa o política con que éstos fueron regados o abonados.
Los sentidos son la naturaleza del alma.
Con ellos se da la vuelta al día en ochenta mundos.
El instinto vela por nuestra sobrevivencia en aquello que sólo logramos intuir.
Por eso cada capítulo de la humanidad es una perniciosa y feliz lectura más de nuestra propia existencia.

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