25
Sep
10

VIDA Y AMORES DE UNA MALIGNA

VIDA Y AMORES DE UNA MALIGNA
El hombre que escribía cartas de amor

Rael Salvador
rael_art@hotmail.com

“Si no fuera porque soy tímido, aceptaría el abrazo de
la camisa. Puede ser que aún tenga edad para algo así”.

Antonio Lobo Antunes.

I
LAS CARTAS PUNTUALES
No sé lo que debía pensar, aun no logro entender a ese tipo de hombres, quizá el pobre imaginaba que sus plegarias serían totalmente atendidas o que sus palabras lograrían conmover con su ridícula melosidad a su destinataria. Las cartas llegaban puntuales. Ella siempre las traía en su bolso y nos las mostraba sonriente, como si exhibiera una presa o un trofeo merecido. Yo sólo la miraba… Los demás, sus compañeros de clase, hacían poco caso de su orgullo o soltaban un “si no lo quieres, para qué diablos le sigues el juego”.
II
PALABRAS DE AMOR
Luego le decía “préstame, préstame una carta”. Ella, con su eterna sonrisa, me las dejaba caer en la mano y yo, con mesura e interés, las leía y quedaba conmocionado, como en estado de gracia. Eran dulces palabras de amor, reflexiones íntimas que se acomodaban a la realidad de una vida feliz… No sé por qué, pero sus lecturas me daban confianza… Ese hombre que escribía cartas de amor me brindaba, a través de su ridícula redacción, ánimo, aliento y esperanza. Por corta que fuera la vida, al leerlas, sabía que mi desgracia había comenzado…

III
CÁRCEL DE MIEL
Ella no era de aquí, venia de una ciudad cercana a realizar sus estudios. Su novio, sabiendo que la distancia alimenta el pozo de la nostalgia e inclina las emociones hacia la oscuridad de la tristeza, le escribía cartas de amor. Ella las recibía puntuales y, con un hasta pronto ansioso, despedía al amable cartero. No hay nada mejor para el aburrimiento que una carta de amor. Se tumbaba de vientre sobre la cama y leía las misivas… Luego, como queriendo salir de una cárcel de miel, soltaba unas carcajadas que aun me resultan despreciables.
IV
QUÉ ESCRIBÍA EL TIPO
Tal era mi conmoción con esas cartas de amor, que muchas veces llegué a memorizar largos pasajes, los cuales repetía en mi mente caminando por las calles de la ciudad, mirando desplegarse los rosas y los naranjas del atardecer. ¿Qué escribía el tipo? Bien, haré un esfuerzo e intentaré recuperar un plácido fragmento: “Amor, has de tener mucho que estudiar, seguro que por eso no tienes el tiempo suficiente para contestar mis cartas. Pero no importa, ya sabes lo que pienso al respecto: que siempre te esperaré como espera la amable luna temblando su luz en el agua. Tú sabes, amor, que eres la única que podría proporcionarme plenitud y tranquilidad en esta vida. Sabes bien que he cumplido con obediencia todos tus mandatos y que mi amor llegó a transformarse en tal locura de sacrificio que ahora Dios bendice nuestra unión y celebrará con beneplácito el reencuentro de nuestras almas. Cuando tú regreses, la pasión inocente de mi vida estará en mis abrazos dándote la bienvenida. Eres la dueña de mi alma y no podría jamás, lo juro por el Creador, depositar mis anhelos en nadie…” No era un gran escritor, lo sé, pero me conmovía la sinceridad auténtica y la cadencia atropellada con que exponía su basura sentimental, no exenta de cierta melancolía enferma.
V
NOS LLEGÓ CARTA
Pasó el tiempo y ella no tardó en hacerse de un nuevo novio. No se le veía feliz, no era necesario, no creo que en dadas circunstancias ella supiera lo que realmente significaba eso. Las cartas continuaban llegando y ella les prestaba menos atención, les hacía menor caso. Ya no se tumbaba de vientre en la cama, creo que la burla le resultaba ahora menos útil o placentera. Me decía, mira nos mandaron carta; me la dejaba en la mano y a otra cosa mariposa. Y ahí estaba yo, con las hojas desplegadas sobre la mesa, tratando de entender a ese tipo de hombres, quizá el pobre imaginaba que sus plegarias serían totalmente atendidas o que sus palabras lograrían conmover con su ridícula melosidad a su destinataria. “Nos llegó carta”, me decía, y luego se subía al auto del mequetrefe en turno y se iba a pasar la noche como una “amable luna temblando su luz en el agua”.
VI
LECCIÓN DE AMOR
Siempre que escribo me embarga el miedo. No sé si una como ella estará tirada de vientre en la cama preparando su carcajada despreciable. Reparar en ello me pone malhumorado e intolerante, me recuerda esa época en que había un hombre que escribía cartas a su novia en otra ciudad. Cartas de amor que ella desestimaba y leí yo, y luego repetía largos fragmentos en mi mente caminando por las calles de la ciudad, mirando desplegarse los rosas y los naranjas del atardecer.
Pienso que aprendí una lección de temor y otra de amor. A ella no la he vuelto a ver, creo que regresó embarazada, moqueando de desdicha y desilusión, rogándole cariño fingido al hombre que le escribía cartas de amor. Eran otros tiempos, eso no sucede ahora. Nuestro concepto de amor se ha vuelto intangible, químico, virtual y aséptico. Es una desgracia que las cartas de amor fueran sustituidas por las demandas sexuales del correo electrónico o los mensajes satelitales. Cosas de la tecnología y, podría jurar, de una maligna que ante las cartas de amor soltaba carcajadas despreciables.

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