19
Nov
10

EL CINE ANZA

EL CINE ANZA
Miércoles de proyección o sábados de matinée

Rael Salvador
raelart@hotmail.com

“El tiempo entre las horas, el tiempo recuperado”.
Elias Canetti.

Nos subimos todos a la vieja camioneta Plymonth, pues mi padre nos llevará esta tarde a la función de cine. Abrillantados del pelo y bien sentados, nos rodea un silencio que nos cierra la boca y nos mueve con alegría los ojos. Contentos de llegar a la densa oscuridad de la sala, nadie respira para no desencantar el milagro de este miércoles de proyección.
El Cine Anza, con sus interiores rococó, en arena y mamey, es el cine más elegantón de la ciudad. Ahí, en esa iglesia de sombras y rayo divino, las clases acomodadas toleran con acentuada indiferencia a los desacomodados, usurpadores que les arrebatan con insolencia las imágenes de la pantalla. Estos hijos de Sánchez ríen y lloran y aplauden sin indignación ante la respingues de los Señores alzados y las Damas copetudas.
El cine es una fiesta y nosotros sus fieles oficiantes. El amarillo olor de las palomitas y el sorbeteo ritual de la soda y sus hielitos dan la bienvenida al tropel de vecindario. Entre risas y tropiezos tomamos por asalto las butacas. Mi padre, tipo serio y mal encajado a la vida, comparte con los bolcheviques, sin apagar su transmisión de Béisbol portátil, esta toma merecida.
— los Dodgers 1, los Padres 2. En la séptima entrada, Randy Jones mantiene aun las esperanzas en la lomita.
Y, como un sueño colectivo, la función transcurre. Es como viajar en el tren o en el autobús y ver todos el mismo paisaje… No lo sé, quizá no sea así. Pienso también que es similar a estar de acuerdo en clase de Lengua Nacional en el mes de diciembre y que la maestra de música, la Quena, tiene algo muy en contra de su piano y nosotros. No lo sé, tal vez no sea cierto…
Y como truco de principios de siglo, se incinera la película dando la señal para la rechifla y el cacareo, el argüende y el insulto; unos escupen las calvas relucientes de los viejos, otros vacían sus vejigas para mojar las zapatillas de charol de las señoritas perfumadas. Así reinicia el beso perdido y todos nos quedamos con la boca abierta, sintiendo el discreto vaivén de una fila e imaginando las glorias del reino de la oscuridad, con sus adolescentes engalanados y sus “divas” desmayadas.
Al final, después de expulsar los demonios en bendita solidaridad, espacioso y desolado queda el templo que cobijó por unas horas en sus tibias sombras al gentío del barrio y sus arrebatos de dioses famélicos.

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