03
Mar
11

CON LIBROS Y A LO LOCO

CON LIBROS Y A LO LOCO
¿Se trata de terminar más rápido o de comprender?

Rael Salvador
raelart@hotmail.com

“El arte de leer puede ayudarnos a ser
un poco más felices y un poco menos idiotas”.
Alberto Manguel.

¿Le hacemos caso a Alonso Lujambio, Secretario de Educación Pública (SEP), a través de su silenciado laberinto de esbirros y subordinados — no sólo de su Programa Nacional de Lectura –, regalándole al neuromotor acto de leer algo que no le pertenece, como lo es la alta velocidad confundida con fluidez?
Porque si es así, determinantemente — auspiciado por cada Departamento de Educación –, equivaldría equiparar la velocidad en la lectura con la comprensión de lo leído, que son dos cosas completamente distintas, que incluso la velocidad “a lo loco” obstaculizaría la comprensión adecuada, ya no digo profunda.
Bien sabemos, como lo remarca la preocupación de algunos especialistas, que la comprensión de un texto es un proceso complejo, “al que no necesariamente se llega de forma directa: se va construyendo, descubriendo, complementando, poco a poco, a partir de la propia experiencia y la construcción social de significados que brinda la discusión de un libro con el resto del grupo, los padres, los maestros y todos los que intervienen en el proceso de significación”.
No es de extrañar que el 70 por ciento de los alumnos de primaria y secundaria están por debajo del estándar de lectura que define el nuevo Programa de Habilidad Lectora. Esta grave deficiencia fue dada a conocer hace meses por el mismo Lujambio, arguyendo: “Les aseguro que en cuatro o cinco meses van a ver una mejoría radical, notoria, espectacular del modo en que nuestro hijos leen y comprenden la lectura”.

Los mexicanos no “leen”, y eso lo sabe Lujambio. Y si esto le agregamos las deficiencias en la «comprensión, interpretación y aplicación de lo leído derivadas de “malos hábitos, mala nutrición de los niños durante su desarrollo y una mala educación (el funcionamiento adecuado de los “programas escolares” son los que favorecen o evitan que el niño sea un lector competente), el resultado es una masa ciudadana históricamente impreparada e incapaz de forjar el destino de su país y el de sus propias vidas».
“Ni una letra se quedará en la cabeza de quien lee sin leer — comenta el periodista Felipe Díaz Garza –, porque tiene hambre o sueño o cansancio o amibas o porque, simplemente, no sabe leer, aunque un papelito de estándares de la SEP diga que lee muy rápido”.

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