19
Mar
11

LEER LA VIDA, FELIZ

LEER LA VIDA, FELIZ
¡Nada es tan bello como lo que no sirve!

Rael Salvador
raelart@hotmail.com

“Todo lo que no es desgarrador es
superfluo -en música por lo menos”.
E. M. Cioran.

Amé a Miller, sobre todo el Miller de El Coloso de Marussi (ahí inicié mis amoríos con Grecia y mi amistad eterna con Sócrates y Nikos Kazantzakis). Hoy veo en José Saramago lo que un día vi en Henry Miller: la auténtica vocación del hombre sobre la tierra; eso sí, dejando de lado las descripciones ginecológicas, excluyendo aquella de la mesa, en el Manual de pintura y caligrafía, que retoma Murakami de manera precisa en su novela Kafka en la orilla.
Leer, flotar en una transparencia mística y erótica, como si en ese momento de la lectura se viviera dentro de una pecera de neón rosa… Me hace feliz ver la felicidad de la gente que lee: ¡Me admiro, como Henry Miller, en la oscuridad del cine, al ver en la pantalla que los protagonistas se besan y al fondo luce la maravilla de un librero, o si en la penumbra del intermedio alguien amplía su aura en la lectura!
Lobo Antunes, Eduardo Galeano y Alberto Manguel, Saramago y Manuel Vicent, por cuestiones de estilo. Ahora leo el diario de Salvador Pániker: Variaciones 95 (como a Cioran, me encantan los diarios: ahí descubro, más que en otro género, la anulación del espacio y del tiempo de la que hablé en otra entrega).
Así estoy entre lecturas del ameno y radical Fernando Savater (la Autobiografía, donde pensé encontrar datos tiernos sobre Cioran y en ese renglón no me ha decepcionado), pasando por El Che Guevara y Paulo Freire, en La Pedagogía de la Revolución, de Peter McLaren, El Beso de Judas, fotografía y verdad, de Joan Fontcuberta, Los Sonámbulos de Arthur Kloester, la maravilla del Espejo de las Ideas, de Michel Tourniet, un libro de reciente adquisición: Las voces de Marrakech, de Elías Canetti; John Berger y su excelente La forma de un bolsillo, y mis eternos regresos a George Steiner, sobre todo Lenguaje y silencio, los diarios de Saramago y Kaddich por el hijo no nacido, de Imra Kertész (no tan bueno), vuelvo a los Detectives salvajes de Roberto Bolaño a cada instante, al descubrimiento de Aquí no hay poesía, de Jaime Bayly (mucho muy bueno, esa sí es poesía), mi Ébano, del maestro Kapuscinsky (toda su obra), la biografía de Salinger, etc., etc.
También, Philip K. Dick, al que Ursula Le Guin, le negó sus encantos, sumergiéndole la conciencia en unas fabulosas noches de intrigas psicodélicas en Canadá. Agradezco a Dios no ser artista, principalmente porque me disgustan los subgéneros… Louis-Ferdinad Celíne agregaría: “Toda virtud tiene su literatura inmunda”. Yo, humildemente, sólo digo: ¡Nada es tan bello como lo que no sirve!

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