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Abr
11

RITUALES DEL OFICIO

RITUALES DEL OFICIO
Dulce remanso de chácharas… divinas, invaluables

Rael Salvador
raelart@hotmail.com

“Extraviar el pasaporte era la menor de mis preocupaciones:
extraviar una libreta de apuntes hubiera sido una catástrofe”.
Bruce Chatwin.

En su artículo “Piel de topo” — referente a las libretas Moleskine — que se incluye en Padre y memoria (UAM / Ediciones sin nombre, 2009), Federico Campbell comenta que al escritor siciliano Leonardo Sciascia le gustaba contar, de paseo en Roma, que siempre que pasaba frente a una papelería sentía lo mismo que un alcohólico al pasar frente a una cantina.
Y, así, al no resistirse a evadir el umbral, terminaba con un sinfín de útiles propios de la escritura: libretas, lápices, borradores, tarjetitas de colores, etc.
Un Mundo mágico, pletórico de ídolos breves y amuletos consecuentes, como el sacapuntas o la tinta y la plumilla, nunca ajenos a los rituales del oficio.
Pero… ¿de dónde viene la alegría de estos dones? ¿Cómo surge el extrañísimo imaginario de estos bienes? ¿Y, ya en manos de la literatura, cómo el escritor logra materializarlo en un dulce remanso de chácharas… divinas, invaluables?
Ser escritor, no sólo radica — aunque sea esencial — en encadenar palabras como si fueran sumas de ideas, en llenar una cuartilla tras otra.
Está, desde luego, antes que nada, la cuestión del ambiente, el mimo a los sentimientos, la caricia del lugar, con su postal de cuatro soles, sus estatuillas exportadas de las montañas de la luna o sus estrellas de las gorras del Che; con los paisajes metafísicos de Hooper o Miró, con los aromas egipcios de la salvaje Cleopatra o con los brillos sustanciales de algunas aguas o piedras preciosas.
No es lo mismo, me comentaba un amigo de oficio, que un poeta alimente su vida con mostaza — entendida ésta como sinónimo de amargura — a que lo haga en los brazos amorosos de la cocina de su madre, o amante que se le compare.
¿Cuántas cosas hay en mi escritorio que la “insensibilidad” serrana de mi ama de llaves quisiera ver en la basura? Joder, muchísimas…
— ¿Cuándo nos deshacemos, Sr. escritor, de tanto cosa inútil, incluido esos libros viejos, deshojados, despastados…? — me dice, brujeando las palabras con la histeria de su mano.
Y, en su gesto malévolo, no puedo dejar de advertir cierta sonrisita cansada, como si acabara de roer con sus dientes de topo frívolo la piel de mis libretas baratas…
Baratas, divinas, invaluables, han de reconocer.

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