30
May
11

KIOICHI KATAYAMA

KYOICHI KATAYAMA
Un grito de amor en el año de Saeko

Rael Salvador
raelart@hotmail.com

“Transmite toda la pureza y la ternura del amor, como
un sentimiento universal, más allá de la edad y la cultura”.
Io Donna.

Tenía ganas de leer a un escritor japonés.
Había estado metido, hasta el agotamiento grato, con Haruki Murakami: Al sur de la frontera, al oeste del sol (título que viene de aquella canción que tan deliciosamente popularizó Nat King Cole), Sputnik, mi amor, Tokio blues (Norwegian Word, Madera Noruega, título sustraído de una melodía de los Beatles), Crónica del pájaro que le da cuerda al mundo, Kafka en la orilla — lo mejor, a mi juicio, del novelista –, Sauce ciego, mujer dormida, en el despliegue sostenible de la calidad de su escritura, en la más que magnífica traducción del japonés de Lourdes Porta, suerte que en su momento no tuvieron los Nobel de literatura Yasunari Kawabata (1968) y Kensaburo Oé (1994).
Había estado sumergido con Murakami, al grado de hacerlo mío, que ahora tenía ganas de leer a un escritor japonés…
Para fortuna mía, después de recibir el encargo, lo primero que descubro es que estoy de nuevo con la traductora Lourdes Porta, pues es ella la que traduce al castellano, para la editorial Alfaguara, la obra de kyoichi Katayama: “Un grito de amor desde el centro del mundo” (2008) — que ha vendido en el Japón más de tres millones y medio de ejemplares — y, la reciente, “El año de Saeko” (2011), que es una maravilla de sencillez y de amor compartido, construida con la mesura de quien hace castillos de plata en la arena húmeda una tarde de sol.
Si en “Un grito de amor…” nos enfrentamos ante una profunda pasión sin barreras, en la Sakutaró y Aki nos aleccionan con su ternura, alegría y dolor desde su propia concepción de la “humanidad”, en “El año de Saeko” nos veremos envueltos en un mato de belleza cotidiana, como fresca dicha espiritual, donde las pequeñas cosas y los grandes detalles de la Vida en mayúsculas, nos arrastran a la comprensión de la sabiduría…
Por ejemplo, nunca olvidaré aquel momento de filosofía sublime, chinobudista y zen, en el que Shun’ichi cuenta Saeko la noticia de la rata: “Un hombre atrapó una rata que corría por su casa y la arrojó a una hoguera, en el exterior. Entonces, la rata, ardiendo, corrió hacia adentro, hizo que prendiera el fuego y la casa se quemó hasta los cimientos”.
¿Se imaginan la cara del ojete, chillando y manoteando… viendo como el destino en llamas le regresa la ofensa existencial?
Y esto es algo que ningún terremoto, acompañado de su tsunami, podrá destruir.

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